jueves, 4 de octubre de 2012

Soy un guerrero triste.

Soy un guerrero triste, de esos que pintaban los tibetanos defendiendo la virtud, fieros pero tristes. Alzo mis garras para aferrar una de esas lindas avecillas cantoras, poetisas o fisioterapeutas, de pies preciosos y manos delicadas, pero huyen. ¿Por qué huyen de mi? Porque soy un guerrero de rostro serio y triste. Cultivaré la poesía, el canto, la delicadeza. Seré aprendiz de avecilla, y quizá un día mis garras sean manos delicadas, y mi rugido un canto.

(La foto es propiedad de Ali Serin, posteada en Facebook
http://www.facebook.com/ali.serin.7543)

Cuenta la leyenda que cuando el Señor Budha alcanzó la Iluminación, descendió a los infiernos y convirtió a algunos Demonios en Guardianes de la Verdad y de los seres humanos.
Curiosamente, lo mismo se dice de Salomón y de Jesús de Nazareth.
De Salomón se dice que cuando fue enviado al infierno debido a sus pecados (cometió varios grandes), el demonio subió a ver al Altísimo y le pidió que lo sacase de allí. Cuando le preguntó el motivo le dijo: 'Ha empezado a tomar medidas para construirte un Templo'. Naturalmente eso era muy subversivo.

Cuando fui a comer a un restaurante tibetano en Barcelona, me llamó la atención el fiero rostro de los demonios guardianes del Dharma que decoraban las paredes. Al mirarlos con objetividad descubrí que tras la apariencia de fiereza, en realidad eran rostros muy tristes.
Reflexioné mucho sobre eso. ¿Por qué estaban tan tristes?

Llegué a la misma conclusión que el felino de la foto: estaban tristes porque, pese a su heroica misión, están exiliados del placer, de la felicidad y de la plenitud. Al menos hasta que rediman sus actos de violencia y fiereza con otros actos de amor y de paz, incluyendo en esta la defensa de los derechos de las personas y demás seres sensibles.

Algunos de esos Guardianes de la Verdad caminan tristes por la jungla hoy. Cabizbajos, meditando sus actos pasados, que están obligados a redimir defendiendo aquellas cosas que hacen a la vida digna de ser vivida. Redimiendo con amor no correspondido, esfuerzo, 'una dosis discreta de plomo' y de alguna otra manera que sólo ellos saben. Ellos, ellas...

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